viernes, 3 de abril de 2009

Miradas de velocidad angustiante

Necesito saber que alguien me mira. No se si es mucho pedir. Con el simple hecho de que me observen me conformo. Para mi la mirada es muy importante, puedo intuir lo que la gente siente. Hay muchos tipos de mirada, al igual que hay muchos tipos de gente. Expresan miedo, rabia, felicidad, desprecio, aprecio, soledad. ¡Ay! Soledad. Que palabra más variable. Quizás se puede pensar que es mala, si, lo es. Hay momentos en los que necesitas que alguien esté contigo. Aunque no esté presente, pero el saber que te acompaña ya lo es todo. Y no quiero ser un predicador. Mi buena soledad se ha acabado. Ya conozco mi propia presencia, se que yo estoy aquí para lo que sea. Pero no me basta. Mis ojos están quedándose ciegos, necesitan el reflejo de otros. Así que esta vez no voy a colgarme un cartel en la espalda de “necesito abrazos”Voy a salir a buscar miles de ojos y a mezclarme con ellos. A vaciar mi maldita soledad. En mi cartera me espera una T-10 y aún me quedan tres viajes de metro. Que lugar más perfecto para mi búsqueda. El metro es mi solución. Siempre me ha inspirado. Un sitio aparentemente oscuro, subterráneo, triste. Pero para momentos como éste es perfecto. Ya en su entrada, en sus bocas, está esos experimentados músicos sin futuro que han decidido mostrar sus talentos siendo banda sonora, y esperan a que les caigan monedas. Por las escaleras el ritmo de sus canciones va descendiendo y la gente que sube se cruza con la que baja. Se cruzan pasos, prisas y sobretodo miradas. Pero esas son de reojo, todo el mundo lleva prisa. Aunque yo las observo. Mas abajo te esperan las maquinas de billetes, que substituyen esas miradas de los taquilleros, esas que están cansadas por madrugar y por el agobio de la gente. Yo voy directo a las vías, por ese largo pasillo en el que tienes que acertar tu destino, donde te cruzas también con los que vuelven. Es ahí cuando ves a gente de toda clase. Mis ojos se llenan de sus vidas, que, aunque desconocidas me hacen sentir acompañado. También los aromas juegan un papel importante. Puedo oler los diferentes perfumes, el humo de algún que otro cigarrillo prohibido en el metro… Luego llego a la vía. Hay gente sentada esperando. El panel indica que el metro viene dentro de tres minutos. Procedo a sentarme al lado de dos jóvenes. Siento que sus miradas están llenas de esperanza, quizás esperan para ir a nutrir su inteligencia en el instituto. Que tiempos aquellos. El metro ya ha llegado. Hay que esperar a que bajen los que llegan. Esta es su parada. Yo no sé cual es la mía, pero me da igual. Puedo seguir viajando hasta apagar mi soledad. El pitido indica que las puertas van a cerrarse, empieza el viaje. Me desplazo a gran velocidad, recorriendo las arterias de Barcelona, y mi angustia va desvaneciendo.

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